Oraciones
Oración de la Serenidad
Dios, concédeme la Serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, Valor para cambiar las cosas que puedo, y la Sabiduría para conocer la diferencia. Amén.
Oración del Tercer Paso
Dios, me ofrezco a Ti — para que obres en mí y hagas conmigo Tu voluntad. Líbrame de la esclavitud del ego, para que pueda cumplir mejor Tu Voluntad. Líbrame de mis dificultades, y que la victoria sobre ellas sea testimonio para aquellos a quienes yo ayude de Tu Poder, Tu Amor, y Tu Modo de Vivir. ¡Que haga yo siempre Tu Voluntad! Amén.
— Alcohólicos Anónimos (Libro Grande), p. 63
Oración del Séptimo Paso
Creador mío, ahora estoy dispuesto a que dispongas de mí, tanto de lo bueno como de lo malo. Te ruego que apartes de mí cada uno de mis defectos de carácter que se interponen en el camino de mi utilidad para Ti y para mis compañeros. Dame fortaleza, al partir de aquí, para cumplir con Tu mandato. Amén.
— Alcohólicos Anónimos (Libro Grande), p. 76
Oración del Undécimo Paso
Al retirarnos por la noche, revisamos constructivamente nuestro día. ¿Fuimos resentidos, egoístas, deshonestos o temerosos? ¿Debemos una disculpa? ¿Nos hemos guardado algo que debería discutirse con otra persona de inmediato? ¿Fuimos bondadosos y amorosos con todos? ¿Qué pudimos haber hecho mejor? ¿Estábamos pensando en nosotros mismos la mayor parte del tiempo? ¿O estábamos pensando en lo que podíamos hacer por los demás? Después de hacer nuestra revisión, pedimos el perdón de Dios e indagamos qué medidas correctivas deben tomarse.
Al despertar, pensamos en las veinticuatro horas que tenemos por delante. Consideramos nuestros planes para el día. Antes de comenzar, le pedimos a Dios que dirija nuestro pensamiento, especialmente solicitando que se aparte de la autocompasión y de motivos deshonestos o egoístas. Bajo estas condiciones podemos emplear nuestras facultades mentales con seguridad, pues después de todo Dios nos dio el cerebro para usarlo. Nuestra vida mental se colocará en un plano mucho más alto cuando nuestro pensamiento esté libre de motivos erróneos.
Al pensar en nuestro día podemos enfrentar indecisión. Es posible que no podamos determinar qué curso tomar. Aquí le pedimos a Dios inspiración, un pensamiento intuitivo o una decisión. Nos relajamos y lo tomamos con calma. No luchamos. A menudo nos sorprende cómo llegan las respuestas correctas después de haberlo intentado por un tiempo.
Lo que solía ser la corazonada o la inspiración ocasional gradualmente se convierte en parte funcional de la mente. Siendo todavía inexpertos y habiendo hecho recientemente contacto consciente con Dios, no es probable que seamos inspirados en todo momento. Podríamos pagar por esta presunción con toda clase de acciones e ideas absurdas. Sin embargo, descubrimos que nuestro pensamiento, al pasar el tiempo, estará cada vez más en el plano de la inspiración. Llegamos a confiar en ello.
Usualmente concluimos el período de meditación con una oración, pero pedimos que se nos muestre durante todo el día cuál ha de ser nuestro próximo paso, que se nos dé lo que sea necesario para ocuparnos de tales problemas.
A lo largo del día hacemos pausa, cuando estamos agitados o dudosos, y pedimos el pensamiento o la acción correcta. Nos recordamos constantemente que ya no somos nosotros los que dirigimos la función, humildemente diciéndonos muchas veces al día: “Hágase Tu voluntad.”
Funciona — realmente funciona.
— Alcohólicos Anónimos (Libro Grande), pp. 86–88
Oración de San Francisco
Señor, hazme un instrumento de Tu paz,
que donde haya odio, yo lleve amor;
que donde haya ofensa, yo lleve el espíritu del perdón;
que donde haya discordia, yo lleve armonía;
que donde haya error, yo lleve la verdad;
que donde haya duda, yo lleve la fe;
que donde haya desesperación, yo lleve esperanza;
que donde haya tinieblas, yo lleve luz;
que donde haya tristeza, yo lleve alegría.Señor, concede que busque yo más bien consolar, que ser consolado;
comprender, que ser comprendido;
amar, que ser amado.Porque es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra. Es perdonando, como uno es perdonado. Es muriendo como uno despierta a la Vida Eterna. Amén.
— A.A. 12 y 12, p. 99